Leer en el retrete a Henry Miller

 

 

descarga (2)Salvé este ejemplar de la devolución. Los libreros cada vez somos más despiadados a la hora de devolver libros a las editoriales. Si no se ha vendido un ejemplar en —aproximadamente— seis meses, lo retiramos de la estantería, le ponemos un papelito con el nombre del proveedor y lo llevamos al almacén. No conviene tener escrúpulos, ni mirarse mucho el título o el autor. Lo que cuenta es lo que dice la ficha del libro: el número que aparece en la pestaña de las ventas. El ritmo de publicación es tan alto que las estanterías de una librería se han convertido en escaparates, en vez de en un fondo cuidado. Pero, ¿qué es un fondo cuidado? ¿Qué reglas seguir para llenar las estanterías con buenos libros?

Decía Henry Miller que detrás de cada palabra se escondía el caos. Daba lo mismo cuántas juntásemos, nunca serían suficientes para levantar un muro que pudiera detenerlo. Él, sin embargo, buscó un sentido a su vida a través de ellas. Se había casado muy joven y se había divorciado muy joven. Se había vuelto a casar y se había vuelto a divorciar. Las mujeres le duraban lo mismo que los empleos. Sus matrimonios eran tan precarios como la mayoría de trabajos que desempeñó. Tras deambular de empresa en empresa por su Brooklyn natal, decidió que lo más sensato era vagar por la calle y dedicarle todo su tiempo a su verdadera pasión, la literatura. En 1930, tomó una de las grandes decisiones de su vida: romper con todo lo que había sido, marcharse a Francia huyendo de la Gran Depresión y comenzar una nueva etapa.

Vagabundeó por la bohemia parisina. Dormía bajo puentes, comía gracias a la caridad de algunos artistas o amigos, como el abogado Richard Osborne que le dio cobijo y, cada mañana, le dejaba diez francos en la mesa de la cocina para que Miller los gastara a su conveniencia. Muchos de aquellos francos los invirtió en el cortejo de su amante, Anaïs Nin. En 1931, consiguió empleo, gracias a su amigo Alfred Perlés, como corrector del Chicago Tribune. Allí publicó sus primeros artículos, firmados con el apellido de su amigo. Ese año también arrancó su polémica carrera como novelista. Vio la luz Trópico de Cáncer, automáticamente censurada por la Corte Suprema de EEUU por considerarla obscena y pornográfica. Hasta 1964, la novela solo pudo entrar al país de las libertades, de manera clandestina, camuflada bajo las portadas de Jane Eyre.

Cuenta Henry Miller en Leer en el retrete que solo leyó en el trono en contadas ocasiones durante su juventud. El excusado era un buen lugar en el que encerrarse con libros prohibidos. Para él, sin embargo, el lugar idóneo para sumergirse en un libro, era el corazón de un bosque. Durante muchos años, Miller había tenido que leer en lugares menos idílicos y en posiciones algo más incómodas: en el tren, en el autobús, de pie, como se dice que escribían y pintaban los grandes maestros. No leía en la cama ni tumbado en el sofá. Como mucho, lo hizo alguna vez en una biblioteca: «Era como ocupar un asiento en el cielo»; pero la mayoría de las veces leía en la incomodidad, algo que también buscaba entre los renglones: «Leí los libros que —al menos, para mí— resultaban más difíciles. No los fáciles. Nunca leía para matar el rato».

EL ARTE DE LEER

El cielo que Miller vislumbraba en las estanterías de una biblioteca, otros lo encontraban en el agujero del retrete. Allí, según las indagaciones de millerianas, la gente solía devorar flecos literarios: revistas, almanaques, thrillers, series. Por lo que pudo comprobar, muchos habían levantado estanterías en el excusado y algunos retretes incluso contaban con más revistas que la sala de espera del dentista. Resumiendo: cada uno, en su trono, es el rey y se lo monta como quiere o como le dejan. Aunque lo parezca a primera vista, en muchos sentidos, Miller no hablaba de leer, sino del tiempo que implicaba la lectura. Porque leer es, en definitiva, tiempo. Nuestro tiempo. Y silencio, nuestro silencio ante la palabra ajena. Eso es lo que realmente interesaba a Miller, además de responder a la pregunta de quién nos impone el canon de novelas que debemos leer.

Quizás nosotros deberíamos reflexionar en cómo se ocupa ahora el tiempo en el retrete. ¿Alguien se lleva una novela? ¿O se aprovechan esos minutos sagrados en el repaso de las notificaciones de las cientos de aplicaciones del teléfono móvil? El único papel que suele encontrarse hoy en día en el retrete es el higiénico y, en casos muy extremos, el de fumar. «Si alimentar el cuerpo y la mente tiene una importancia vital, la misma cabe atribuir al acto de eliminar del cuerpo y de la mente lo que ya ha cumplido su función». Miller aconsejaba a los lectores de WC que, cuando se hayan bajado los pantalones y se preparen para abrir el libro, se hicieran la misma pregunta que los fumadores que quieren dejarlo: ¿De verdad lo necesito?

Según él, los lectores nos acercamos a los libros, principalmente, por cinco razones: «Una, alejarnos de nosotros mismos; dos, armarnos contra peligros reales o imaginarios; tres, mantenernos al nivel de nuestros vecinos, o impresionarlos, que es lo mismo; cuatro, para saber qué está pasando en el mundo; cinco, para pasarlo bien». Salvo la última, el resto de opciones poco o nada tienen que ver con el acto automata de ir al servicio. Por eso, en vez de un libro, Miller recomendaba a los lectores de retrete que se llevasen este consejo con ellos: meditar sobre el tiempo libre; pensar en el por qué de nuestras lecturas; cavilar si, realmente, ese lugar es el más adecuado para el acto de leer.

«Danos algo que perdure», escribió Marie Corelli. Algo que no se vaya flotando cuando se tira de la cadena. Para Miller, ahí radicaba una de las razones más poderosas de la lectura: encontrar algo que nos acompañe toda la vida en esta sociedad desechable y agotada. Él siempre había perseguido ese objetivo cuando se sentaba frente a su máquina de escribir: «Arrancarme ese libro de las entrañas, convertirlo en algo cálido, vivo, palpable, esa ha sido mi única preocupación, mi objetivo». Esa, para él, era la máxima aspiración del escritor: relatar la historia de su corazón, sin miedo a la hora de enfrentar nuestro relato: «Terminamos el libro de la vida en el más allá porque nos negamos a entender lo que hemos escrito aquí y ahora».

Faulkner, García Márquez, Steinbeck, Roberto Bolaño. El mismo Henry Miller. La lista de lecturas innegociables se eterniza, cualquiera de estos escritores podría ser un buen compañero de retrete. Pero ¿realmente necesitamos sus plumas para el momento de evacuar? ¿Realmente, en el trono, estamos concentrados para entenderlos? ¿Es su momento? «Nunca perdemos el arte de escribir», afirmaba Miller, «pero sí perdemos a veces el arte de leer». Un arte que debe desarrollarse en soledad. Un camino que el lector aprende a recorrer leyendo. Miller recomendaba leer bien, vorazmente, sumar lecturas y experiencias que nos ayudasen a entender el libro de nuestra vida. Ese fue su consejo: rebuscar en las estanterías aquellos libros que nos impulsasen a seguir encontrándonos, aunque al cerrarlos, lo único que quedase por delante fuera continuar con una búsqueda eterna.

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