Steinbeck, crisantemos y ollas abolladas

 

 

Decía Steinbeck que, dependiendo del grosor que tuviera la capa de polvo que cubría los libros de una biblioteca pública, podía medirse la cultura de un pueblo. Podría decirse algo similar del polvo que anida en los estantes de las librerías. Un librero, mientras pasa el plumero, puede descubrir una pequeña joya olvidada. O quizás sea más profesional decir, no que la descubre, porque su mano la colocó ahí, sino que la redescubre. Algo así como un reencuentro entre conocidos. Ah, estabas ahí. ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo ha ido todas estas semanas por las estanterías? ¿Tus hermanos, bien? ¿Mucho polvo últimamente?

Eso me ocurrió con Los crisantemos de John Steinbeck. Pasaba el plumero por los libros colocados de cara en la góndola cuando me topé con él. Es un libro delgadito, vestido con camisa blanca y crisantemos grises y naranjas prendidos de las solapas. Es el más delgado de los libros que he leído de Steinbeck. En casa tengo, en ediciones compradas en librerías de viejo, De ratones y hombres, que había leído en la universidad, Las uvas de la ira, leído años más tarde, y Al este del Edén y Hubo una vez una guerra, que esperan pacientemente en la estantería de lecturas pendientes, junto a La perla. Steinbeck es uno de esos escritores que siempre me han hecho volver. Siento una deuda con él, aunque solo sea de horas de lectura.

Albañil, peón, jornalero, agrimesor, empleado en una tienda, guía turístico en un acuario. Esos fueron algunos de los empleos que desempeñó. Necesitaba dinero para comer mientras la escritura se lo comía a él. Saltó de uno a otro hasta que consiguió trabajar como freelance del New York American. Poco le duró la alegría: le despidieron al cabo de unos meses. Empezó a publicar sus primeras novelas. Algunos cuentos en revistas y periódicos. «La profesión de escritor hace que las carreras de caballos parezcan negocios estables», dijo. Su suerte, sin embargo, estaba a punto de cambiar. En 1940, un año después de publicar Las uvas de la ira, ganó el Pulitzer. Y se armó el lío. Steinbeck se había declarado a favor de las reformas del New Deal con las que Roosvelt trataba de ayudar a la clase trabajadora. Aquel gesto, en su tierra, California, no tuvo una buena acogida, sobre todo entre los tradicionalistas. «Es curioso lo lejana que resulta una desgracia cuando no nos atañe personalmente», sentenció.

Las uvas de la ira fue un éxito mundial. Saltó a la gran pantalla dirigida por John Ford. Aquella película llegó incluso a la Unión Soviética, aunque con otro título: El camino hacia la ira. Durante unas semanas, la censura soviética permitió que se proyectase en todos sus cines. En la novela, Steinbeck había mostrado con maestría cómo la Gran Depresión azotaba con fuerza los pilares de la sociedad capitalista contra la que luchaba el comunismo. Sin embargo, los censores tuvieron que prohibirla poco después. Los que asistían al cine salían confusos. En una sociedad sumida en una crisis tan profunda, una familia norteamericana podía permitirse lo que para ellos era todo un lujo: tener una camioneta, por muy destartalada que estuviera. Más tarde, llegarían los éxitos de Al este del Edén —también llevada a la gran pantalla con James Dean como protagonista—, que culminarían en el Premio Nobel de 1962.

LA FRAGANCIA DEL CUENTO

En la contratapa, cuentan que este relato apareció publicado en la revista Harper Baazar. Fue en 1937 y un año después formó parte de la colección The Long Valley. El relato consta de apenas cincuenta páginas, bastantes ilustradas. La acción sucede en el Valle de Salinas, tierra natal de Steinbeck, que dio nombre al río junto al que murió Lennie al final de De ratones y hombres. Comienza con Elisa Allen, mujer de treinta y cinco años, arreglando los crisantemos del jardín. «Detrás de ella se alzaba la casa blanca y pulcra de la granja, rodeada de geranios rojos hasta las ventanas. Era una casita de aspecto inmaculado, con ventanas impecables y una alfombrilla limpia en las escaleras de la entrada». La pureza de los adjetivos enseguida invita al lector a entrar en aquel rancho. A sentirse acogido, cómodo, como en su propia casa.

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Así se siente el viejo chatarrero que llega a la granja en su destartalada carreta. Steinbeck solo necesitaba eso para levantar un cuento: un perro que gruñe y se agazapa entre las ruedas del carro. Una conversación entre dos desconocidos sobre el trasplante de crisantemos y ollas abolladas es suficiente para trastocar los pilares en los que se asienta la existencia de Elisa. ¿Es tan fuerte como cree? ¿Es realmente libre? El chatarrero vive en su caravana, siempre en el camino, solo con su perro y las estrellas. Él es libre. ¿Y ella? Ha sentido alguna vez, «cuando la noche es oscura…, bueno, las estrellas brillan intensamente y todo es silencio. Y bueno, ¡te elevas cada vez más! Y cada estrella te traspasa. Es así. Ardiente e intenso y… maravilloso». ¿Es ese cosquilleo en el estómago sentirse libre?

El mugriento afilador solo tiene su caravana y sus ollas. Muchas noches ni tan siquiera algo caliente que llevarse a la boca. Se lava en los ríos y malvive gracias a las tijeras que afila por el camino. Elisa, en cambio, se ducha y se frota con la piedra pómez, duerme bajo un cálido techo, tiene a su marido y sus crisantemos son los más grandes de la región. A ellos les entrega sus horas de pasión. ¿Es eso la libertad? ¿La felicidad puede regarse como a una planta? Dicen que los mejores cuentos guardan un secreto en el bolsillo. El lector sabe que está ahí, aunque nadie se lo enseñe. El secreto, en este relato, aflora como los crisantemos y desprende esa fragancia acre que desconcierta.

Los dedos del escritor se mueven sobre las teclas de la máquina de escribir como los de Elisa entre los tallos de los crisantemos. En vez de arrancar capullos, los dedos de Steinbeck desenterraban palabras: «Lo único que puedo decirle es lo que se siente. […] Todo se concentra en las yemas de los dedos. Lo hacen los propios dedos. Los ves trabajar. Lo sientes.[…] Ellos lo hacen. Nunca se equivocan. Lo sientes. Cuando eres así, no puedes hacer nada mal. ¿Lo entiende? ¿Puede comprenderlo?».

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