Las tres patrias de Bolaño

 

 

De tanto en tanto, aparece ese tipo de cliente por la librería. Ese alude al acumulador de libros. Su perfil suele encajar con el de una persona mayor, más arrugada y amarilla que muchos de los ejemplares de su biblioteca particular. Normalmente, viudo o viuda. Normalmente, con el peso de cargar con los libros que acumuló el otro durante una vida. Llegan a la librería y te cuentan su historia como si hablasen de un hijo al que dejarán huérfano en el mundo. Miles de libros que quedarán sin dueño. ¿Quién querrá todo ese papel cuando yo no esté? ¿Quién lo cuidará? La charla suele seguir los meandros convencionales. Que sus hijos y nietos ya solo leen en las pantallitas. Que la biblioteca municipal no los quiere ni regalados. Que por veinte céntimos que le dan las librerías de segunda mano prefiere quedárselos y que se los coma el polvo. En fin. Cuando el cliente se ha desahogado, se marcha con la misma carga de toda una vida de lecturas sobre los hombros.

Pensado fríamente, una biblioteca no es más que una acumulación de libros en el tiempo. Una montaña de papel levantada a imagen y semejanza de su acumulador. Están los que no son capaces de colocar en sus estanterías un ejemplar sin leer. Son cazadores que atrapan a su víctima, le chupan toda la tinta de sus páginas y disecan el libro en sus estanterías. Otros no. Otros acumulan y acumulan porque su mono de leer es tan grande que no se agota con un solo chute. Se podrían catalogar como yonquis literarios. En todos los anaqueles de las librerías encuentran ejemplares que les gustaría enchufarse. Son felices sin saber que una vida no da para meterse todo lo que las editoriales suministran. Este tipo de lector puede llegar a acumular más libros por leer que leídos. Y qué más da. ¿Hay algo mejor que un libro por leer? Decía Cortázar que él se acercaba a los libros como a una jovencita a la que acababa de conocer. Pasar la primera página, para él, tenía mucho que ver con desnudar. ¿Hay algo mejor que desabotonar un vaquero bien prieto?

Roberto Bolaño consideraba su biblioteca como una de sus tres patrias. Si no lo piensas tan fríamente, la biblioteca es un sitio cálido donde siempre puedes volver. El frío fuera es intenso y un libro te da calor aunque le desnudes página a página. Contaba Bolaño que él amontonaba libros y más libros que sabía que nunca llegaría a leer. Y eso que fue un lector voraz. Siempre dijo que se consideraba más lector que escritor. Disfrutaba pasando la yema de los dedos por el lomo de sus libros, despacio, suavemente. Como si solo con ese gesto fuera capaz de arañarles algún secreto. Contaba Carolina López en un reportaje sobre su difunto marido que Roberto Bolaño podía pasarse horas acariciando los libros. Y ordenándolos. Según ella, un día le daba por colocarlos por orden alfabético de autor. Otro, por editorial. Otro, por temática. Otro, por género. Otros, incluso, por aficiones comunes de los escritores.

Ordenar la librería le relajaba. Quizás le ayudase a poner en orden las ideas que le bullían dentro. Es fácil imaginárselo pensando en la marca de coñac que les gustaba paladear a Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald. O reflexionando sobre los cigarrillos que fumaban Albert Camus y Julio Cortázar. Cuando se aburría de tenerlos en un orden, volvía a cambiarlos. Tenía una biblioteca considerable, así que es de suponer que pasaría horas y horas entretenido. Carolina, en el reportaje, se lamentaba frente a la cámara por no haber mantenido cierto orden en la biblioteca desde que su marido ya no está. En realidad, quizás no haya razón por la que lamentarse. Ya llegará alguien que se pierda en ese desorden y sienta la necesidad de imponerle su propio orden. Esas cosas que se hacen de vez en cuando en una librería: podar ramas, limpiar esquejes y trasplantar macetas. Los libros de una biblioteca son un pequeño jardín íntimo y leer, perderse en él y encontrarse algo propio entre tanta maleza.

Roberto Bolaño movía todos los libros menos un pequeño estante. Esos no se tocaban. Mejor dicho: esos solo los tocaba él. Solo él peinaba sus páginas. Ni siquiera Carolina López los ha tocado. Descansan en un estante de madera, separados del resto. Bolaño los dejó ahí a modo de faro para que, de alguna manera, protegieran y guiaran a sus hijos. Ellos eran su segunda patria. En ese estante descansan todos los títulos de su admirado Nicanor Parra. En esos libros quedó atrapada una parte de Bolaño. Los libros, en realidad, son como espejos si uno se detiene a mirarlos atentamente. La otra parte se reflejó en los cuadernos de notas que dejó repartidos por los cajones. Carolina López los abría asombrada delante de la cámara. Decía que la letra había cambiado terriblemente de unas anotaciones a otras. Que incluso cambiaba en las correcciones que iba haciendo en un mismo texto. Bolaño vivió cientos de vidas en esa otra patria. Ya lo dijo o lo dejo escrito: «Estoy bien. Escribo mucho».

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